Liberemos a Nuestros Hijos de Prisiones Mentales

La Estrella
John A. Bennett N.
Mayo 19, 2016

Los niños, y los humanos en general, no pueden desarrollar su potencial de riqueza creativa si los encerramos en cárceles mentales. Dicho de otra manera: la libertad es esencial para el desarrollo, y en el caso de los niños, todo ello va de la mano con la descentralización educativa; ya que la centralización es sinónimo de control y de confinamiento en sistemas ideados e idealizados por funcionarios que están al servicio de las aristocracias gubernativas.

Cada día van en aumento los costos de vida y poco nos explican las razones de ello, más allá de acusar falsamente que es porque algunos comerciantes se están enriqueciendo, lo cual es hipocresía. La realidad es que la inmensa mayoría de los Gobiernos está en apuros económicos, debido a que ha estado gastando mucho más allá de lo que logra ingresar. Peor aún es que frente a tal irresponsabilidad su solución típica es un aumento impositivo; cuando cualquier persona más o menos inteligente debía entender que eso tiene límites, pues no vamos a resolver empobreciendo a los ciudadanos más productivos.

Los síntomas de la enfermedad, que yo llamo ‘patología de control ', están por todos lados: vistos en la falta de trabajos, en las migraciones, en el aumento de los precios, en el fracaso de la educación, transporte, tránsito, seguridad social, etc. Frente a todo ello la actitud y pensamiento típico es la de alegar que el cambio es imposible. Y no dudo que los cambios requeridos sean muy difíciles y traumáticos, pero no tanto como lo serían o serán los colapsos económicos y sociales que ya vemos asomando por todos lados.

La realidad que no queremos ver es que el cambio tiene que comenzar por casa, y la casa somos cada quien. Y si hay frutas muy alta en el árbol, no olvidemos que también hay otras que están a nuestro alcance. Me refiero a las cadenas y grilletes mentales y espirituales que nosotros mismos nos hemos puesto; comenzando por el absurdo sistema de educación centralizada y obligatoria, que constituye un monopolio que jamás permitiríamos en el sector privado. Y es que desde el instante en que decimos que los ciudadanos somos incapaces de educar a nuestros hijos en las escuelas ciudadanas, estamos fritos, como el pez que se tragó el anzuelo hasta el estómago. Le cedimos las llaves de nuestro mayor tesoro a las clases dominantes, que no pueden ejercer el control, sino a través de la centralización.

El caso que ilustra de maravillas esta situación es el de los cupos de taxi. Invariablemente cuando pregunto sobre el propósito de los ‘cupos ', la gente se queda muda, porque no sabe. Ya hoy día algunos me dicen: ‘Es para permitir y facilitar la coima '. Sí, pero no me refiero a eso, me refiero a la supuesta razón gubernativa. Si lo meditamos, veríamos que una razón sería la seguridad del transporte, pero hay que ser ingenuo para creer eso. Luego que sí están controlando lo que ‘cabe ', y por ello lo de ‘cupos '. ¿¡Y de dónde la peregrina idea de que el Gobierno debe decidir lo que cabe!? Mañana será cuántos médicos o empresarios; pero jamás cuántos pobres caben. ¿¡Hasta dónde llega el relajo!?

El primer paso en firme hacia la independencia ciudadana está en romper con las cadenas de la mentalidad Meduca. Comienza por desaprender el guacho de desinformación que nos han metido por tanto tiempo. No comamos del cuento, ya que lo típico, con las excepciones que lo confirman, es que quien fue educado por funcionarios tendrá una mentalidad de funcionario; y la línea de ensamblaje fabril no es la solución.

Enfocando el tema por otro lado, veríamos que es absurdo delegar el control de nuestras vidas y actividades al sistema central; pues ello lo único que hace es afianzar el síndrome de servilismo. Es el camino hacia la mediocridad y frustración perpetua.

Estamos enfermos del mal de formar líneas, de subir la mano para que puedas preguntar, de pedir permiso para desbeber o defecar y de comer cuando te lo permiten. Del mal del perro que babeando menea la cola para que le tiren el hueso. En estos días, sentado en una agencia de la CSS para un trámite, leía un libro en mi computadora de bolsillo. Se acerca un guardia y cortésmente me pide no usar ‘el celular '. Le digo: ‘No estoy usando el celular, leo un libro '. Pero de nada sirve, porque la mentalidad de controlar es la que impera. Es la sociedad déspota en acción.

Si no fuiste institucionalizado, alégrate; pero la realidad es que no podremos entrar al Siglo XXI con una mentalidad neandertal. Las sociedades abiertas son participativas y esa no es nuestra realidad.

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